
Creo que puedo imaginar un mundo sin sol. Sé perfectamente que eso es algo imposible, pero mi mente de niño es perfectamente capaz de proyectar ese inimaginable paisaje en el fondo de mi retina. Hasta hacerlo tan creíble como la mismísima realidad. Creo que puedo, pero estoy seguro de que no quiero. Porque no merece la pena perder el tiempo en un sueño así, sabiendo de antemano como sabemos, que es éste, única y exclusivamente éste, nuestro bien más preciado. Aunque muchos no sean capaces de entenderlo, imaginarlo o recordarlo; curiosos sinónimos estos tres por una vez...
Y, sin embargo, no podría imaginarme un mundo sin luna. Decían hace ya muchos muchos años que la luna y los niños mantenían una relación difícil de explicar; una fascinación mutua alimentada por historias, cuentos y leyendas a lo largo y ancho de este mundo que habitamos desde entonces. No podría y tampoco quiero. Llamadlo capricho si quereis, llamadlo tontería o necesidad. No todo puede explicarse, no lo intenteis. Los niños lo sabemos bien, pobres adultos ignorantes, lo siento por vosotros, de verdad, porque no sabeis todo lo que os perdeis.
Un niño cualquiera.
Y, sin embargo, no podría imaginarme un mundo sin luna. Decían hace ya muchos muchos años que la luna y los niños mantenían una relación difícil de explicar; una fascinación mutua alimentada por historias, cuentos y leyendas a lo largo y ancho de este mundo que habitamos desde entonces. No podría y tampoco quiero. Llamadlo capricho si quereis, llamadlo tontería o necesidad. No todo puede explicarse, no lo intenteis. Los niños lo sabemos bien, pobres adultos ignorantes, lo siento por vosotros, de verdad, porque no sabeis todo lo que os perdeis.
Un niño cualquiera.


